Primer mensaje. Enésima botella.

Escribo estas líneas desde un lugar remoto. Rodeado por agua, protegido por un volcán.

Por las mañanas me despierta la luz. Filtrada por un tamiz de partículas diminutas en suspensión que la expanden, diluyen su potencia y clarean el color.

En la calle, cuando no hay brisa, hay momentos que tienes que abrirte paso con el machete en el aire denso. A veces sientes que el desplazamiento consiste en apoyarse en el aire y moverlo, como cuando nadas. Huele a su economía.

Las palabras suelen ser amigas. Otras veces son tan secas que se pueden partir y clavarte sus astillas. Los lagartos de cabeza naranja, impertérritos, en las paredes calientan su sangre.

Conviven decadencia y casposidad con una vegetación imparable. No da tregua. Es la clara ganadora.

Por las tardes me gusta la puntualidad de los murciélagos. Deben de ser los únicos con reloj por aquí.

Floto viendo caer la noche. Observo la luna perpendicular a mí. Si alguien apaga el botón orbital, caería encima mío como el coco de la palmera.

Los dos astros conviven en armonía, compartiendo el mismo espacio-tiempo, sin discusiones.

Escucho ecos familiares olvidados y encerrados en esta tierra. Veo sombras que no corresponden al cuerpo que las proyecta.

Estoy lejos, pero a la vez siento estar muy cerca.

¿Dónde estoy?


Revelación: Revolución 69

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(Fotos, salvo la de Sean Connery, del autor)

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Changes.

El niño era curioso por naturaleza. Preguntaba el porqué de las cosas. De dónde venía todo. Se podía quedar horas embobado delante de un globo terráqueo, dándole vueltas.

Su madre se tomó muy en serio lo de que leyese todas las noches cuando le enseñaron a leer. Le regaló libros de los primeros exploradores. Se imaginaba el trajín comercial de los fenicios en el Mediterráneo. Viajó a China con Marco Polo, trajo el tomate y la patata de las indias, dio la vuelta al mundo con El Cano sintiendo la impotencia de no poder ayudar a su amigo Magallanes en Filipinas, cruzó África con Livingstone de oeste a este, acompañándole en las durezas del Kalahari, y escuchó el estruendo de las cataratas Victoria. Malaespina. El Endeavour de Cook.

Él no lo sabía, pero a medida que leía, eran huevos de pájaros incubándose en su mente.

Una grabación de TV oportuna de su padre dio lugar a la transición a los clásicos de aventuras. Todavía se sigue sorprendiendo de cómo Jim Hawkins (un jovencísimo Christian Bale) dejó escapar a Long John Silver (Charlton Heston) en el último momento. De la obsesión del Capitán Ahab con Moby Dick.

Los veranos eran siempre una época de ensoñaciones. Intentaba emular a sus héroes y aprender a navegar o pescar. Un verano en Huelva pataleó hasta que le llevaron al Monasterio de la Rábida, desde donde partió Colón. Otro verano en Santander conoció a Juan de la Cosa. En Asturias a los Indianos.

Ya de chaval pasó a Jack London, a 7 años en el Tibet. Su imaginación todavía iba a vela pero la madurez pidió un combustible más fuerte para viajar no tan a lo largo, sino sumergirse hacia el interior, dando paso al ensayo y a las distopias.

Tras un tiempo, el joven con necesidad de oxígeno volvió a encontrarse con otro tipo de aventureros, pero estos hacían de su vida la aventura, no buscaban algo terrenal o de ciencia. Eran Hemingway y Kerouac. El Ché en sus viajes en moto y atravesando Atacama, como en su día lo hizo Pedro de Valdivia, cerrando círculos y volviendo a los clásicos. Ahora además de sumergirse, ha aprendido a despegar con Neil deGrasse Tyson en Cosmos, a ver el detalle con Planet Earth.

Hace poco al hombre se le presentó una oportunidad. Un trueque. Quid pro quo: Gastar un año de su vida a cambio de otro año de aventura en paradero desconocido. Dejar la estabilidad por un horizonte de posibilidades completamente abierto. La cogió. Por el niño.

Pidió un sitio remoto, de gente con otra piel, donde el verano fuese constante, donde el mar estuviese presente. Un cambio radical.

La ruleta giró. La crupier tenía cara de pocos amigos. Pero una vez más el destino le volvió a sonreír.

No sé si el niño ya es hombre, o el hombre vuelve a ser niño. Pero el año que viene os escribiré debajo de una palmera lo que me susurren las tortugas.


 

 

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Que tengáis un finde loco.

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Revelaciones.

Estamos sentados en el borde, de tal manera que nuestras piernas cuelgan hacia el agua. En aquella curva que hace el canal, la del noreste de la ciudad, la que tiene la gasolinera Gulf que suple a coches y barcos. Latitud: 53.22238 | Longitud: 6.566012.

Hace sol de invierno, con los ojos cerrados dejamos que nos bese, concentrados en extraer al máximo su calor como animales de sangre fría. A todos se nos pasan por la mente las diferencias con el caluroso sol de España, pero ninguno las comenta. Poco a poco podemos ir bajando la cremallera del abrigo.

Nos reímos. Somos jóvenes, life is good. Tenemos latas blancas y negras de Pitt Bier, nuestras bicis apoyadas contra una valla de atrás. En frente casas de ladrillo oscuro, techo escalonado, y grandes ventanales que ofrecen escenas costumbristas. La banda sonora son traqueteos metálicos de bicis en el suelo empedrado con algún timbre ocasional. No hay preocupaciones, y si las hay se las lleva la corriente.

A mi izquierda están dos maños, una alicantina, una barcelonesa y una surcoreana que ya es una más de la banda. Extraña combinación.

Miro a la derecha y está mi abuela. Sentada junto a mi, con su pelo blanco y sus arrugas, con esa percha esbelta y elegante que solo tenía ella. Nos reímos y hablamos con mucha química.

Al rato pasa una barca, despacio. En ella va una familia, con una chica rubia que va de espaldas a nuestra orilla. La chica destaca. La rodea un aura blanquecina. Parece que se ha congelado el tiempo. Siento una mezcla de atracción hipnótica y admiración.

Abuela, mírala ¡Es un ángel!Si, lo es. Insisto − ¡Abuela es que mírala! – soy incapaz de decir otra cosa por mi bloqueo mental. Me pongo nervioso porque la barca avanza, se la va a llevar el agua al olvido.Abuela… Se gira y me dice mirándome a los ojos −  Pues si te gusta, tienes que ir a por ella. Me lo dice con seguridad directa, con sinceridad, alegre, con el cariño de una abuela a su nieto.

El consejo me arma de valor para gritar y llamar su atención, estoy hinchando mis pulmones, justo parece que la chica se va a girar, y me despierto.

No me despierto soñoliento, todo lo contrario. Ha sido todo muy real, me acuerdo perfectamente de todo el sueño, excepto de como aparecimos en el canal. Lo más auténtico es la  parte con mi abuela, la interactuación con ella, como si se me hubiese aparecido. Me quedo pensativo, pero aun así tengo una paz interior y una sensación de calma muy fuerte a la vez que me encuentro feliz.

Mi abuela murió cuando yo tenía trece años y tuvimos una relación muy intensa y de complicidad, pero hacía tiempo que no me acordaba especialmente de ella, no por nada, sino por estar metido en la rutina. Tampoco en el momento del sueño había una rubia en mi vida. Pero el mensaje era claro: las oportunidades pasan y hay que cogerlas.

Corro a mi madre a contárselo. No se ríe, no se asombra. Me dice:

 Es ella.



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Que tengáis un finde loco. #TGIF #SalvadorDalí

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El joven y el mar.

Martes. Agosto. Santander. El sol en lo alto.

Miro la tabla de mareas y el coeficiente. Puede ser una buena noche, se presume actividad. Salgo a la calle rumbo a Godofredo para aprovisionarme de los bártulos necesarios, es una visita tradicional que no falla. Buena pesca.

Tras la parada técnica continúo por el muelle para visitar a F, mi dealer de cebo. Es un tipo con bigote cano teñido de amarillo nicotina, de edad avanzada y reservado. Llamo al telefonillo.  Sube. Subo. – ¿Qué te pongo? – me dice en la puerta. – ¿Qué tienes? – le pregunto.  Si ahora apareciese en escena por la escalera un poli que hubiese estado escuchando la conversación al grito de ¡Arriba las manos! le tendría que decir que no es lo que parece.

Me enumera miles de bichejos que nunca he oído, con algunas notas aclaratorias como: éstos salen buenos; éstas me las acaban de traer.  Le digo que lo de siempre. Se mete dentro y me da una bolsa de plástico con un papel de periódico dentro. Suerte y cierra la puerta.


El malecón. Noche. El Sardinero de fondo. La Luna casi llena riela.

Monto la caña. Primeros lances nefastos. Simulacro de picada a los 20 minutos. Nada. Silencio y mar.

Una hora más tarde, tras dos cervezas, media bolsa de pipas Facundo y múltiples cábalas sobre el porvenir, la picada definitiva. Esta vez sí que sí, ha caído en el engaño.

Tiro con decisión para asegurarlo. Al ir recogiendo carrete siento su lucha y sus meneos. Lo saco del agua y al subirlo su lomo plateado destella a la luz de las farolas.

Lo agarro  como pincha el cabrón. Me dispongo a quitarle el anzuelo. La decisión que tenía para sacarlo del agua se desvanece en el momento que le tengo en las manos y me empiezo a arrepentir. Es un bonito ejemplar y no sé si merece morir por mi culpa.

Miro alrededor, siento el mar. Si lo mato, me lo como  me juro. Es mi responsabilidad. Con la duda de la posibilidad de indulto rondándome, opto por el comodín del público del pescador vecino, un viejo lobo de mar que mata las noches estivales sacando maganos. Lleva una linterna enganchada a la cabeza. Le pido luz. Eso es un sarguco majo– me dice. – ¿Me lo llevo no? – ¡Claro joder! Mañana te lo comes a la plancha contesta casi cantando. La decisión está tomada.


Madrugada.

Vuelvo a casa y comunico mi hazaña a familia y amigos con la misma ilusión que cuando iba corriendo de pequeño a enseñarle a mi abuela el cubo con todos los cangrejos y quisquillas capturadas en las rocas de la primera del Sardinero. Me felicitan y se ríen de mi absurda felicidad. Me conocen bien.

Y es una sensación que no puedo evitar, me siento como Robinson Crusoe. Como el astronauta Mark Watney en The Martian. En una isla desierta no moriría de hambre. 

En la cocina el pez y yo. No sé qué hacer con él. Me voy al salón a comerme un sobao, que de la emoción me ha entrado hambre. Se me olvida el problema durante unos minutos. Vuelvo y ahí sigue, en el plato, como ocurre con los problemas.

Me mira con su ojo lleno de pupila. Pienso en el término artístico de los bodegones: Naturaleza muerta.

A la nevera y mañana me informo de cómo se limpia un pescado.

No me puedo resistir y miro unos tutoriales sobre la limpieza del sargo. Me duermo.

Al día siguiente me levanto y voy a la playa. A la hora de comer subo y con determinación comienzo el proceso. Le quito las aletas, lo desescamo, tripas fuera, harina y a la sartén. Unos minutos más tarde este era el resultado, del mar a la mesa.

Siento que he ejercido mi derecho de depredador en la escala trófica. 

Aquí otros de una jornada con más fortuna con Joker en la Niña Guapa.

Al final es todo una excusa para estar ahí, en el mar. Su inmensidad nos relativiza las cosas.



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La mente cuando se abre duele. Pero es dolor placentero.

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Volver a volver.

¿Vuelve Vivir Mata Blog?

Después de más de un año varado en la arena de la rutina, este barco vuelve a tener ganas de zarpar.

Ha sido un año en el que la realidad ha ocupado nuestros cerebros por requisitos profesionales de manera casi total, ahuyentando los pájaros de la fantasía.

Pero parece que vuelven. Sube la marea.

Stay tuned.



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La vie en chanclas.

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Mismos vicios. Misma dirección.

Equipaje simple: Un traje de baño, dos chanclas, tres camisetas, cuatro cervezas.

Hola bombón – saluda la mulata.

¡Corre, arranca! – Parece que un colega tiene prisa.

Salimos de la capital hacia una lengua obscena de tierra que lame el Mediterráneo.

Atravesamos el desierto manchego. Los Doors, Robe, Jarabe de Palo.

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Adelantamos un camión con cerdos hacinados. Vemos a Dios pintado en un autobús.

En la lejanía de la llanura, un señor mayor observa la carretera tapándose con una toalla recién salido de su alberca. Es el rey del mundo.

Parada técnica. El acento del del bar indica que vamos por buen camino.

Los molinos muelen electricidad. Aparecen los primeros naranjos.

Cuando el camino se empieza a hacer insoportable, hemos llegado.

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Nos desnudamos y corremos hacia el mar. Al meternos notamos como la piel se libera del calor acumulado en la gran ciudad como una pastilla efervescente. El pulso cardíaco, antes a ritmo vertiginoso, baja al de las olas. Hacemos el muerto. Resucitamos.

Se abren las botellas, llegan los que faltan, la noche es nuestra. Recordamos anécdotas pasadas y generamos nuevas. Los vecinos no nos entienden.

Necesitamos más, es insuficiente. ¡Salimos, salimos! – Hacemos una contra, pillando la noche en bragas.

No conseguir saciar nuestra sed y haber dejado nuestros problemas en el mar hacen que nuestro cuerpo cada vez más liviano se mueva más.

Un regimiento de guapas treintañeras de despedida ven a uno de los nuestros como presa fácil. Le rodean. El valiente, las mantiene a ralla a base de movimientos imposibles, fracturando caderas. Con fintas de cuello esquiva sus asaltos.

Cambia el tercio y el DJ se alía con ellas. Se vienen arriba y van cerrando el círculo, como unas amazonas con ganas de meter a mi amigo en su caldero caníbal. Pide ayuda.

Los demás le abandonamos a su suerte. Está perdido.

Su hermano haciendo de tripas corazón acude al grito de auxilio y se cuela en la melé. Recurre a un marca de la casa – rodilla al suelo – ellas se confían, las acerca y les asesta una a una su baile mortal. Ellas les acaban perdonando la vida con una sonrisa tras su gran actuación. Se lo han ganado. Brindamos todos.

Volvemos. Observamos el sol elevarse cerveza en mano metidos en la piscina.

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SÁBADO

Pocas horas después amanecemos. Se van poniendo en común las historias y se va reconstruyendo la noche.

Menos mal que corre el aire.

El portero viene a enumerarnos las múltiples quejas. Una vecina decide hacerlo personalmente.

Unos espaguetis de supervivencia me salvan de la hambruna. Sobremesa. Siesta.

Sol, salitre y cloro. La vie en chanclas.

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El día anterior, la semana entera, pasa factura y la vieja guardia decide no salir. El plan será cena fuerte en el puerto, con unos chopitos y un rico caldero.

Tras ello el valiente coge catre, su hermano se va de parranda. En la casa quedan unas copas, y una conversación larga y tendida de un par de amigos desde párvulos.

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DOMINGO

Día triste. Se rasca el último chapuzón mentalizando la vuelta.

Recogemos y nos despedimos de los que se quedan.

Oye Mono, enróllate y haznos un post guapo de esos tuyos, me dijeron. Es un pacto entre caballeros.

Deshacemos el camino de ida. Los molinos siguen girando.

Suerte que es el cumple de un amigo y nos recibe para ver el partido. Un David luso vence al Goliat anfitrión, de aquella manera.

Solo queda lo inevitable: Mañana al curro, pero con arena en los bolsillos.

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HA HA HA HA HA HAAAAA DULCE COMO EL VINO, SALADA COMO EL MAR

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Perspectiva Simetría.

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1 Es gracioso como el cuerpo humano es simétrico por fuera y no por dentro. Dice mucho de nosotros. “Tienes que dar apariencias equilibradas” – te aconsejaría tu abuela. Tal vez por eso engañan.

También puede ser la razón por la que nos cuesta encontrar el balance. Cojeamos del mismo pie.

Dicen que si caminas en el desierto sin una referencia visual y sin brújula, en lo que tú crees que es una línea recta, terminas recorriendo un gran círculo de kilómetros, porque tienes un pie milímetros más largo que el otro, acabando donde empezaste.

2 Es gracioso como cambia el mundo cotidiano cuando cambias de perspectiva.

Si pego mi toalla verde pistacho a mis ojos,  parece un bosque de flora intestinal. La tapa de mi cesto de la ropa parece una rueda en movimiento. Parece una galaxia en espiral. Guardo mi ropa sucia en una galaxia.

 3 Es gracioso que el árbol tiene una simetría escondida, sus ramas se reflejan en sus raíces enterradas, pero tienes que imaginarlo. También,  si miras un tronco de cerca tiene infinitos tonos marrones, ocres, grises, negros, pero no somos capaces de imaginar un color nuevo.

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Es gracioso como enfoca el ojo humano. Si me acerco el dedo y lo miro, se hace un bonito bokeh detrás, y si miro el fondo de detrás, mi dedo desaparece, pero yo sé que sigue ahí.

Me gusta la simetría de la naturaleza. Como la gravedad traza líneas rectas cuando caen las manzanas. Cuando la leche adopta el círculo perfecto del culo de la botella. Cuando te tumbas boca arriba y tu pecho parece una duna dorada coronada.

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Y todo esto en conjunto es por lo que me gusta Kubrick, Wes Anderson, Sorrentino, el diseño danés, la genial inocencia de un niño y la ironía de Oscar Wilde.

Ahora más que nunca: Beauty is in the eye of the beholder.

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