Era mi local, y ella me lo robó.

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En una de esas épocas que sufres algo similar a una pequeña depresión post-vacacional tras regresar a casa después de vivir un semestre fuera, un pequeño bache debido a que algunas cosas han cambiado. Intentas encontrarte y ordenar tus pensamientos. Hacer la única cosa que Google (todavía) no puede realizar. Buscarte a ti mismo.

Comencé a salir más con mis amigos. Con ellos ponía el piloto automático y me dejaba llevar. Eran la cura. Salía en búsqueda de la inspiración. Ellos me acogieron y me enseñaron su local talismán. No desvelaré su nombre, llamémoslo: Somewhere in Madrid”. Hablaban de grandes momentos e historias locas que allí habían ocurrido. Lo pintaban casi como si fuese una fiesta de Jay Gatsby o aquel anuncio de Heineken que a su vez es el videoclip de la gran banda danesa The Asteroids Galaxy Tour. (Escuchen también las magníficas Around the bend y The sun ain´t shinning no more).

Yo conocía el garito sólo por el nombre, nunca había ido ni tenía la intención. Me parecía que ese sitio no iba conmigo. Insistieron y como en esta vida de todo hay que probar…I gave it a try.

Tras las dos primeras veces me di cuenta que este ofrecía todo lo que necesitaba en ese momento. Litros de cerveza, mujeres interesantes y espectáculo. No es que sea un lugar secreto o escondido. No necesita de contraseña o conocer al portero. Sólo hay que saber buscarlo. Y en mi caso había estado toda la vida delante de mis narices.

Con el tiempo me convertí en asiduo. No faltaba a mi cita semanal, en ocasiones dos y alguna vez tres veces en los siete días. Ya incluso hacía de relaciones públicas sin ánimo de lucro extendiendo su nombre al resto de amistades. Los llevaba y contagiaba de su fiesta. Ellos lo tomaban de manera parecida y poco a poco encaminaban hacia mí mismo sentimiento. Era mi lugar, mi garito, mi local, el sitio de mi recreo. Lo había hecho de mi propiedad.

Fueron noches para recordar, de esas de levantarse al día siguiente con ganas de quitarse el cerebro para meterlo en el lavavajillas, pero con una sonrisa y acto seguido llamar a los compañeros de faena para reconstruir la historia, rellenar las lagunas espacio-temporales, ver como habían acabado este y aquel, y planear el próximo asalto. De desear que el tiempo pasase para encontrarnos copa en mano haciendo la previa en algún lugar cercano.

Se solía dar la siguiente situación: cuando nos encontrábamos los del tan selecto club con otras personas ajenas a nuestras correrías y nos preguntaban:

Persona ajena: ¿Qué tal ayer? ¿Salisteis?

Nosotros: Si, bien, sin más..

Pero ese sibiensimás contestado con desdén y dejación, iba seguido de unas miradas que sólo nosotros comprendíamos cargadas de carcajadas y entendimiento.

Todo iba bien, era feliz con la vida que llevaba. Nada me podía estropear el momento.

Hasta que llegó su horaY entonces llegó ella.

Nunca pensé que estos nombres de películas y que Ben Stiller y Jeniffer Aniston compartirían frase con Henry Fonda y Claudia Cardinale. Tal vez es uno de los momentos más estelares de los dos primeros. Sergio Leone se revuelve en su tumba.

Tras esta cuña cinéfila paso a explicarles el porqué de la aplicación de sendos títulos.

Cuando todo iba sobre ruedas durante una salida nocturna más, después de haber tomado unas copas en casa de un gran amigo que por suerte vive muy cerca y ya habiendo saltado al campo, calentando motores y tanteando el terreno pasa Ella junto a mí.

Ella es rubia, despampanante y explosiva, con clase, una femme fatale. Vestido verde.

Es Michelle Pfeifer. Es Elvira Hancock. Es una puta cariátide que ha dejado de sostener el Erecteón para irse de vacaciones a Madrid. Es Mrs Mia Wallace bailando el twist. Es la versión femenina de Axel Rose cantando Welcome to the Jungle. Es Helena de Troya. A su alrededor un séquito de masculinidad orbita. Normal. En décimas de segundo me digo a mi: Chico, esto ya no es ni echarle huevos. Esto es un deber que tienes para contigo mismo.

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Me acerqué y comencé a hablar y bailar con ella. Les aseguro que esa mujer no era de este mundo. Nos batimos en duelo y defendí mi lugar a golpe de cadera. Me hizo creer que había ganado, es más, mis amigos celebraban ya conmigo cuando ella, con un guiño y una sonrisa, sacó su última carta. LA carta, un comodín que valía más que ninguna, no hay persona conocida que no sucumba a esa.

Llevándome de la mano a su terreno me ganó. Uso sus armas y cuan gatuna ladrona, me birló las llaves de mi castillo. Supongo que ya las había tenido por mucho tiempo. El bastión demostró ser indomable y esa noche tomó cuerpo de mujer etérea y vaporosa para cambiar de dueño.

Cuando vuelvo ya no es lo mismo, el sitio tiene su esencia, no la mía y vago perdido por él como en el colegio al que ibas que cuando vuelves a verlo, todo sigue igual pero el aire es distinto.

De vez en cuando me asalta la pregunta de: si volviese a las andadas, ¿qué bella forma tomarías esta vez garito maldito?.

Era mi local y ella me lo robó.

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6 thoughts on “Era mi local, y ella me lo robó.

  1. jacarlos dice:

    Cuantas veces habremos visto ese videoclip, un Don Juan moderno que brilla con luz propia, luminiscente como tú.

    Un saludo desde el ojo del huracán aragonés.

Comentarios (piensa luego existe):

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