Revelaciones.

Estamos sentados en el borde, de tal manera que nuestras piernas cuelgan hacia el agua. En aquella curva que hace el canal, la del noreste de la ciudad, la que tiene la gasolinera Gulf que suple a coches y barcos. Latitud: 53.22238 | Longitud: 6.566012.

Hace sol de invierno, con los ojos cerrados dejamos que nos bese, concentrados en extraer al máximo su calor como animales de sangre fría. A todos se nos pasan por la mente las diferencias con el caluroso sol de España, pero ninguno las comenta. Poco a poco podemos ir bajando la cremallera del abrigo.

Nos reímos. Somos jóvenes, life is good. Tenemos latas blancas y negras de Pitt Bier, nuestras bicis apoyadas contra una valla de atrás. En frente casas de ladrillo oscuro, techo escalonado, y grandes ventanales que ofrecen escenas costumbristas. La banda sonora son traqueteos metálicos de bicis en el suelo empedrado con algún timbre ocasional. No hay preocupaciones, y si las hay se las lleva la corriente.

A mi izquierda están dos maños, una alicantina, una barcelonesa y una surcoreana que ya es una más de la banda. Extraña combinación.

Miro a la derecha y está mi abuela. Sentada junto a mi, con su pelo blanco y sus arrugas, con esa percha esbelta y elegante que solo tenía ella. Nos reímos y hablamos con mucha química.

Al rato pasa una barca, despacio. En ella va una familia, con una chica rubia que va de espaldas a nuestra orilla. La chica destaca. La rodea un aura blanquecina. Parece que se ha congelado el tiempo. Siento una mezcla de atracción hipnótica y admiración.

Abuela, mírala ¡Es un ángel!Si, lo es. Insisto − ¡Abuela es que mírala! – soy incapaz de decir otra cosa por mi bloqueo mental. Me pongo nervioso porque la barca avanza, se la va a llevar el agua al olvido.Abuela… Se gira y me dice mirándome a los ojos −  Pues si te gusta, tienes que ir a por ella. Me lo dice con seguridad directa, con sinceridad, alegre, con el cariño de una abuela a su nieto.

El consejo me arma de valor para gritar y llamar su atención, estoy hinchando mis pulmones, justo parece que la chica se va a girar, y me despierto.

No me despierto soñoliento, todo lo contrario. Ha sido todo muy real, me acuerdo perfectamente de todo el sueño, excepto de como aparecimos en el canal. Lo más auténtico es la  parte con mi abuela, la interactuación con ella, como si se me hubiese aparecido. Me quedo pensativo, pero aun así tengo una paz interior y una sensación de calma muy fuerte a la vez que me encuentro feliz.

Mi abuela murió cuando yo tenía trece años y tuvimos una relación muy intensa y de complicidad, pero hacía tiempo que no me acordaba especialmente de ella, no por nada, sino por estar metido en la rutina. Tampoco en el momento del sueño había una rubia en mi vida. Pero el mensaje era claro: las oportunidades pasan y hay que cogerlas.

Corro a mi madre a contárselo. No se ríe, no se asombra. Me dice:

 Es ella.



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Que tengáis un finde loco. #TGIF #SalvadorDalí

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El joven y el mar.

Martes. Agosto. Santander. El sol en lo alto.

Miro la tabla de mareas y el coeficiente. Puede ser una buena noche, se presume actividad. Salgo a la calle rumbo a Godofredo para aprovisionarme de los bártulos necesarios, es una visita tradicional que no falla. Buena pesca.

Tras la parada técnica continúo por el muelle para visitar a F, mi dealer de cebo. Es un tipo con bigote cano teñido de amarillo nicotina, de edad avanzada y reservado. Llamo al telefonillo.  Sube. Subo. – ¿Qué te pongo? – me dice en la puerta. – ¿Qué tienes? – le pregunto.  Si ahora apareciese en escena por la escalera un poli que hubiese estado escuchando la conversación al grito de ¡Arriba las manos! le tendría que decir que no es lo que parece.

Me enumera miles de bichejos que nunca he oído, con algunas notas aclaratorias como: éstos salen buenos; éstas me las acaban de traer.  Le digo que lo de siempre. Se mete dentro y me da una bolsa de plástico con un papel de periódico dentro. Suerte y cierra la puerta.


El malecón. Noche. El Sardinero de fondo. La Luna casi llena riela.

Monto la caña. Primeros lances nefastos. Simulacro de picada a los 20 minutos. Nada. Silencio y mar.

Una hora más tarde, tras dos cervezas, media bolsa de pipas Facundo y múltiples cábalas sobre el porvenir, la picada definitiva. Esta vez sí que sí, ha caído en el engaño.

Tiro con decisión para asegurarlo. Al ir recogiendo carrete siento su lucha y sus meneos. Lo saco del agua y al subirlo su lomo plateado destella a la luz de las farolas.

Lo agarro  como pincha el cabrón. Me dispongo a quitarle el anzuelo. La decisión que tenía para sacarlo del agua se desvanece en el momento que le tengo en las manos y me empiezo a arrepentir. Es un bonito ejemplar y no sé si merece morir por mi culpa.

Miro alrededor, siento el mar. Si lo mato, me lo como  me juro. Es mi responsabilidad. Con la duda de la posibilidad de indulto rondándome, opto por el comodín del público del pescador vecino, un viejo lobo de mar que mata las noches estivales sacando maganos. Lleva una linterna enganchada a la cabeza. Le pido luz. Eso es un sarguco majo– me dice. – ¿Me lo llevo no? – ¡Claro joder! Mañana te lo comes a la plancha contesta casi cantando. La decisión está tomada.


Madrugada.

Vuelvo a casa y comunico mi hazaña a familia y amigos con la misma ilusión que cuando iba corriendo de pequeño a enseñarle a mi abuela el cubo con todos los cangrejos y quisquillas capturadas en las rocas de la primera del Sardinero. Me felicitan y se ríen de mi absurda felicidad. Me conocen bien.

Y es una sensación que no puedo evitar, me siento como Robinson Crusoe. Como el astronauta Mark Watney en The Martian. En una isla desierta no moriría de hambre. 

En la cocina el pez y yo. No sé qué hacer con él. Me voy al salón a comerme un sobao, que de la emoción me ha entrado hambre. Se me olvida el problema durante unos minutos. Vuelvo y ahí sigue, en el plato, como ocurre con los problemas.

Me mira con su ojo lleno de pupila. Pienso en el término artístico de los bodegones: Naturaleza muerta.

A la nevera y mañana me informo de cómo se limpia un pescado.

No me puedo resistir y miro unos tutoriales sobre la limpieza del sargo. Me duermo.

Al día siguiente me levanto y voy a la playa. A la hora de comer subo y con determinación comienzo el proceso. Le quito las aletas, lo desescamo, tripas fuera, harina y a la sartén. Unos minutos más tarde este era el resultado, del mar a la mesa.

Siento que he ejercido mi derecho de depredador en la escala trófica. 

Aquí otros de una jornada con más fortuna con Joker en la Niña Guapa.

Al final es todo una excusa para estar ahí, en el mar. Su inmensidad nos relativiza las cosas.



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La mente cuando se abre duele. Pero es dolor placentero.

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Volver a volver.

¿Vuelve Vivir Mata Blog?

Después de más de un año varado en la arena de la rutina, este barco vuelve a tener ganas de zarpar.

Ha sido un año en el que la realidad ha ocupado nuestros cerebros por requisitos profesionales de manera casi total, ahuyentando los pájaros de la fantasía.

Pero parece que vuelven. Sube la marea.

Stay tuned.



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Revelación: Revolución 69

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La vie en chanclas.

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Mismos vicios. Misma dirección.

Equipaje simple: Un traje de baño, dos chanclas, tres camisetas, cuatro cervezas.

Hola bombón – saluda la mulata.

¡Corre, arranca! – Parece que un colega tiene prisa.

Salimos de la capital hacia una lengua obscena de tierra que lame el Mediterráneo.

Atravesamos el desierto manchego. Los Doors, Robe, Jarabe de Palo.

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Adelantamos un camión con cerdos hacinados. Vemos a Dios pintado en un autobús.

En la lejanía de la llanura, un señor mayor observa la carretera tapándose con una toalla recién salido de su alberca. Es el rey del mundo.

Parada técnica. El acento del del bar indica que vamos por buen camino.

Los molinos muelen electricidad. Aparecen los primeros naranjos.

Cuando el camino se empieza a hacer insoportable, hemos llegado.

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Nos desnudamos y corremos hacia el mar. Al meternos notamos como la piel se libera del calor acumulado en la gran ciudad como una pastilla efervescente. El pulso cardíaco, antes a ritmo vertiginoso, baja al de las olas. Hacemos el muerto. Resucitamos.

Se abren las botellas, llegan los que faltan, la noche es nuestra. Recordamos anécdotas pasadas y generamos nuevas. Los vecinos no nos entienden.

Necesitamos más, es insuficiente. ¡Salimos, salimos! – Hacemos una contra, pillando la noche en bragas.

No conseguir saciar nuestra sed y haber dejado nuestros problemas en el mar hacen que nuestro cuerpo cada vez más liviano se mueva más.

Un regimiento de guapas treintañeras de despedida ven a uno de los nuestros como presa fácil. Le rodean. El valiente, las mantiene a ralla a base de movimientos imposibles, fracturando caderas. Con fintas de cuello esquiva sus asaltos.

Cambia el tercio y el DJ se alía con ellas. Se vienen arriba y van cerrando el círculo, como unas amazonas con ganas de meter a mi amigo en su caldero caníbal. Pide ayuda.

Los demás le abandonamos a su suerte. Está perdido.

Su hermano haciendo de tripas corazón acude al grito de auxilio y se cuela en la melé. Recurre a un marca de la casa – rodilla al suelo – ellas se confían, las acerca y les asesta una a una su baile mortal. Ellas les acaban perdonando la vida con una sonrisa tras su gran actuación. Se lo han ganado. Brindamos todos.

Volvemos. Observamos el sol elevarse cerveza en mano metidos en la piscina.

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SÁBADO

Pocas horas después amanecemos. Se van poniendo en común las historias y se va reconstruyendo la noche.

Menos mal que corre el aire.

El portero viene a enumerarnos las múltiples quejas. Una vecina decide hacerlo personalmente.

Unos espaguetis de supervivencia me salvan de la hambruna. Sobremesa. Siesta.

Sol, salitre y cloro. La vie en chanclas.

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El día anterior, la semana entera, pasa factura y la vieja guardia decide no salir. El plan será cena fuerte en el puerto, con unos chopitos y un rico caldero.

Tras ello el valiente coge catre, su hermano se va de parranda. En la casa quedan unas copas, y una conversación larga y tendida de un par de amigos desde párvulos.

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DOMINGO

Día triste. Se rasca el último chapuzón mentalizando la vuelta.

Recogemos y nos despedimos de los que se quedan.

Oye Mono, enróllate y haznos un post guapo de esos tuyos, me dijeron. Es un pacto entre caballeros.

Deshacemos el camino de ida. Los molinos siguen girando.

Suerte que es el cumple de un amigo y nos recibe para ver el partido. Un David luso vence al Goliat anfitrión, de aquella manera.

Solo queda lo inevitable: Mañana al curro, pero con arena en los bolsillos.

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HA HA HA HA HA HAAAAA DULCE COMO EL VINO, SALADA COMO EL MAR

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Reflexiones inconscientes.

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Tras una noche de amigos, filosofía y análisis de la cotidianidad, apareció este papel en la nevera.

Lo firma uno de nuestros invitados:

Brote Silencioso

Campanas troceadas llenas de tornos con una volatilidad genérica cometen crímenes estacionales junto a paralelos individuos llenos de fantasía y con déficit de percepción de la realidad.

Con el artilugio frenético de la armónica costumbrista remueve alrededor de ocarinas caracterizadas de trajes muy elegantes.

Cantinelas corporativas resuenan en coros colaborativos donde inquietos trabajadores cometen la más pura falta de ética característica del  estacionamiento más banal. Caricaturas entretienen al personal ofreciendo las muecas más hirientes.

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Conocimiento abrasador opina sobre las curiosidades del cortejo quitándole hierro al solitario y vasto rocío de madrugada. Situándose en la movilidad abstracta redundan en las calamidades trituradoras de sueños donde el espectro del habitáculo recibe el canto de su propio miedo.

Comenzamos a propulsarnos hacia el vacío más depresivo representado por la falta de creatividad y castidad. Nos mimetizamos con el tosco ambiente contorsionándonos  y trabajando a través de la lejanía y la decrepitud. Ningún individuo es capaz de segregar ninguna endorfina confiando en trabajos forzosos y penas lujuriosas.

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Llora la santa silueta alrededor de trampas y traiciones su fin es la alegría eterna proporcionada por la incesante cometa de colores rezando y cortando el ritual más catastrófico.

Trípodes de sensaciones ofrecen carantoñas subliminales donde el texto más confuso resuena entre la tranquilidad más estresante. Paz y armonía anteceden al próximo derrumbe de estructuras fruto del enfado divino del regulador de pensamientos.

Orgullosos de nuestra condición de perdedores trabajamos hacia la realización más placentera provocando niebla e inquietud. Un torrente de salvajadas actitudes presenta un futuro prometedor donde la inmortalidad más absoluta planteada en un instante en nuestras cabezas nos permite experimentar la relajación del momento.

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Sonoro y laborioso choque de rituales retumban en las caníbales miradas de los más escépticos. Rebozándonos entre criaturas mitológicas luchamos por la supervivencia resignándonos al rimbombante y repetitivo cráneo perforado. Numerosas taras sobrevuelan nuestras expectativas donde el calor del más osado  representa la envidia callada.

Estrechos baches nos impiden la salud de la mente más difusa.

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Brote Silencioso

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White Nápoles.

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Viaje a Nápoles 2015

No recuerdo si era Noviembre cuando mi tren murió en la estación central de Garibaldi un viernes 13 a la hora de comer. Todos descendieron con prisa, como empujados por un llamado silencioso que la ciudad susurraba con insolencia y que se sentía a través del rumor de las vidas en la estación. El reloj que presidía la sala principal indicaba que quedaban 21 minutos para las dos, y que había perdido uno de ellos en darme cuenta de que estaba parado probablemente desde hacía varios días. Aún con las manillas estáticas, el tiempo parecía estar haciendo malabares para sobrevivir al frenético ritmo de la terminal.

Un mar de maletas que iban de la mano de viajeros perdidos o no, desembocaba esparciéndose en la plaza que se abría ante mis ojos al dejar atrás los altos techos de vidrio y estaño. Ahí fue cuando sentí por primera vez el grito petulante de la ciudad del que todos hablaban, la soberbia triste del poder en las manos equivocadas. La desafiante y descarada anarquía de la ciudad sin ley. Así era la ciudad que se me abría camino ante unos ojos impacientes por desmentir el mito.

Así es Nápoles.

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Lo que no sabía en ese momento era que Nápoles es licántropa por antonomasia, y que tan pronto como anochece empiezan a verse sus garras. Es lo que no cuentan las guías de turismo, ni los estudiantes de Erasmus que vuelven vivos sin apenas haber arriesgado su vida. De día, el ruido: mercados, griterío…madres que han dejado de preocuparse por su niño que tuvo una moto antes de tener un casco, bolsos robados que nadie reclama, cuentas pendientes que se saldan en silencio. De noche, las casas vacías hacen la vez de testigo y cómplice de las fechorías de sus malvivientes inquilinos.

Y a mi me bastó una noche para dejarme invitar a la boca del lobo.

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Cuando dejo la mochila en el suelo y abrazo a mi amiga, ésta me cuenta que el otro día asesinaron a un chaval no lejos de aquí, y luego me pregunta que qué tal estoy. Ah, así que esto explica la tensión que puede cortarse con la navaja que seguramente lleven todos atada a los tobillos con prisa antes de salir. Es una garantía de seguridad y una mala inversión para la prensa que a nadie le haga falta seguir el día a día de Nápoles leyendo un periódico porque la realidad sucede a las puertas de tu casa. Qué jodido.

El día pasa sin más, y sin que pase nada, llega la noche. Las gargantas se afinan delante del espejo practicando sus aullidos y los camellos tijeras en mano, recortan redondeles de las bolsas de la compra dejando agujeros del tamaño de dos gramos para salir a llenar sus bolsillos con metal tintineante. Yo, todavía creyente de la ingenuidad de la noche napolitana, pongo mis piernas a funcionar rumbo a la plaza Bellini, donde los jóvenes que han prometido portarse bien esta noche, están empezando a incumplir su promesa.

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Es la una de la madrugada en una discoteca que bien podría encontrarse en el centro de Madrid,­ demasiado italiano borracho, demasiado reggaeton­ y empiezo a preguntarme qué diantres hago aquí. El exceso de calma en mi pulso cardíaco me invita a hacer con la noche un cocktail de narcóticos y en ese momento me mimetizo con la ciudad buscando con olfato de lobo a un cómplice para el crimen. Jesús estudia para médico pero no tenía memoria de estudiante de medicina porque, de haberla tenido, hubiera recordado que la mezcla de ciertas sustancias en una misma noche puede ser letal. Me explica que pediatría no, que qué coñazo, mientras me pone una raya de speed en el portal de una casa que aún conservaba las mellas de las balas que quisieron entrar pero no pudieron. ­¿Volcamos el gramo? ­ Venga. Vamos a demostrar que la noche de Nápoles puede ser más que una fiesta Erasmus. No habían pasado ni cinco minutos cuando mi mano, rozando un plástico en el bolsillo de mi chaqueta, me recuerda que la metanfetamina en cristal no caduca, y precipita de mis labios un ¿Por qué no? para después sentir el agujero amargo en la lengua que ya era un agujero en el cerebro.

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Al levantarnos todo era de otro color, el tiempo se había detenido pero íbamos tan deprisa como las balas de la Camorra. El ritmo de las calles se había intensificado y la gente era realmente bella. Saludamos a cada uno de los diablos que nos cruzamos al pasar, hasta dar con el que llevaba el tridente más grande. Todo lo que teníamos se nos había terminado y el demonio, al enseñarlos sus dientes, hizo más largos los nuestros.

Lo siguiente que recuerdo es dar tumbos en un coche, de un lado a otro, mientras los dos amigos de delante se reían de los dos pringados de atrás. No sé si fueron 10 o 20 minutos pero al final, y en forma de milagro, el empedrado del suelo se dibujó bajo mis pies y el cielo sin estrellas dejó de moverse encima de mi. Veo una plaza. Poca gente. Nos dicen que lo que buscamos está en ese banco de allí, que si queremos una birra. Yo sí, por supuesto, y dejando a Jesús solo en malas manos, acompaño al copiloto que minutos antes se reía de mí a un bar con pinta de tugurio.

Mientras esperamos a que la camarera termine de servir a dos tipos con pinta de pocos amigos, mi instinto periodístico escoge un mal momento para aflorar: Perdona el entrometimiento pero… la mafia sigue teniendo un fuerte poder aquí, ¿verdad?. Mi nuevo colega ­quiero pensar que en un golpe de educación mal disimuladasimplemente rió. Sin darme cuenta de lo que acababa de suceder salí airosa del bar cerveza en mano.

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La embriaguez flotaba en el ambiente de la plaza haciendo del aire una sustancia espesa y turbia como el aceite de motor. Los chavales se reían y drogaban a partes iguales y las chavalas sucumbían a las manos tentadoras que, sin garantías, se tendían hacia ellas. Jesús gesticulaba una historia que difícilmente podría interesar a quien fingía escucharla mientras yo revelaba mi nombre a los presentes. La media de edad la remontaba un hombre que desde un banco de parque y con bastón mantenía a raya a los jóvenes que, entorno a él, se rascaban las narices por culpa de la que acababan de meterse.

En sus ojos la malvivencia de esta ciudad maldita había pasado una cara factura y la nostalgia estaba escrita en tinta china. Cojeaba quién sabe por qué, y miraba sin mirar quién sabe adónde. Yo, sin poder evitar del todo la mirada furtiva y curiosa, me entretenía haciendo negocios con el capo del lugar. Dejándome ver que le faltaban dos dientes, me aseguraba con certeza que no encontraría mejor cocaína en todo Nápoles. Que son veinticinco euros el medio gramo, que me lo dejaba a 20 por aquello del acento español y la falda corta. Por lo que se aprende en los cines de sesión golfa, mi altanería me hizo desconfiar y el aprendiz de mafioso se ofreció a convencerme en cuestión de dos tiros que bien podrían haber sido mortales: sacó su móvil, dos tarjetas y una bolsita roja que hubiera sido imposible esconder en el bolsillo de un pantalón pitillo. ­Toma, póntelo. ­¿Aquí, en medio? Mi inocencia le hizo reír (gracias a algún Dios ausente) y con la media sonrisa que le quedaba me hizo saber que en Su Barrio él era el rey ilegítimo.

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Tras haber desafiado las normas de la ley en la cara de los Carabinieri ­ más asustados que yo, la novata en medio de la mafia­ decidí que era el momento de una retirada a tiempo. Pero no por ello una victoria: aún me quedaba desafiar las leyes de la física para concluir el intercambio de intereses con el joven Capone. Para que nuestra viciosa noche pudiera continuar, teníamos que acompañarle a su casa, que funcionaba como lonja de pecados. Fue tan sencillo como seleccionar una moto a su gusto, abrir el sillín y manejar un par de cables con chispazo conclusivo, que me vi en medio de dos cuerpos y flotando por el asfalto napolitano a dos ruedas. Ni falta hace decir que el casco era algo tan redundante como el vicio en un presbítero.

Yo lo estaba viendo venir: dos autobuses, separados por menos de dos metros, y el manillar del acelerador que no se reculaba. Jesús estrujandome desde detrás como si quisiera prensarme como la portada del diario de mañana que ya me estaba imaginando en mi cabeza: Dos españoles y un Napolitano desafían a la muerte a dos ruedas dejándola vencer. Creo que cerré los ojos. Creo que abracé al mafioso como si fuera mi madre y creo que me inventé un Dios a quien rezarle en un segundo.

Pero de nuevo, el asfalto.

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No sé si era el mejor sitio para sentirse segura, pero al menos el aire me llegaba a los pulmones ennegrecidos por la noche acelerada. ­Toma, tu mierda, que la disfrutes. ­ Toma, mi dinero, que lo malgastes. Concluyendo así mi fugaz amistad con la mafia de Nápoles, emprendimos el camino a casa no tan convencidos de querer seguir arriesgando nuestros latidos, que parecían querer contarle al mundo a gritos que, asombrosamente, seguían vivos.

Maga

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Una vez más, al levantarnos a poner la cafetera al fuego, nos hemos encontrado a una cansada paloma mensajera picoteando en la ventana con un sobre entre las patas. Destinatario: vivirmatablog@gmail.com, remitente: Maga, el matasellos es de la emblemática ciudad de Nápoles, y en el interior una historia de las que nos gustan: odisea nocturna.  ¡Muchas gracias Maga!

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Hostal Pimodan.

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Una y otra vez aparecéis en la noche y susurráis al otro lado de la puerta hasta que os abro. Justo cuando me hallo a un silencio de dormirme…

Sois tan oportunas.

Una y otra vez llegáis hasta mí buscando alojamiento:

“Solo serán unos días”– decís –”Estamos de paso”; “No molestaremos”; “Será como si nunca hubiésemos estado aquí”–.

Y yo, ingenuo de mí, creo en vosotras y os dejo entrar.

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Pero lo cierto es que nunca son unos días (algunas os quedáis para siempre) y nunca permanecéis en silencio (sois de naturaleza parlanchina) y siempre molestáis (sois radicalmente antagónicas al concepto de tranquilidad).

Pero aún así, una y otra vez, vuelvo a invitaros a mi hostal y a presentarme incondicionalmente como vuestro anfitrión.

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¿Por qué? ¿Es que acaso os necesito?

Probablemente sí.

Probablemente necesite teneros dentro, alojadas bajo el perímetro de mi cabeza, y que ocupéis mi espacio, mi tiempo, mis horas muertas.

Probablemente necesite que vengáis a embarazar mi mente de pensamiento, porque sin vosotras mi cráneo sería un establecimiento sin vida, y de alguna estúpida manera tendría que amortizarlo.

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Sin vosotras no hubiera hecho nada.

Nunca. 

Ni bueno ni malo.

Sin vosotras hubiera sido poco más que una conciencia nula, una canica hueca, un insecto palo.

Sin vosotras jamás hubiera pisado la luna, jamás hubiera descubierto América, jamás hubiera compuesto la novena sinfonía.

Y sin vosotras tampoco hubiera inventado la bomba atómica, no hubiera aniquilado a millones de judíos, no me hubiera suicidado.

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En definitiva sin vosotras no hubiera existido, no hubiera siquiera respirado.

Porque sois las únicas que dais forma a lo peor y a lo mejor de mí, materializando mi esencia en acto, como caprichosas escultoras de personalidades.

Sois las únicas que conocéis las balanzas del alma, y podéis desnivelarlas sin razones de peso aparente, cubriéndome de gloria o destruyéndome de la manera más absurda.

Sois el embrión de todas mis virtudes y el germen de todos mis defectos, y por eso os amo tanto como os odio.

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Y es así como una y otra vez, noche tras noche, hacéis de mi cabeza un hostal de carne y hueso.

Un lugar que alquiláis por noches de insomnio y en régimen de ayuno, y donde siempre acabáis anteponiendo vuestro caos vital al orden inerte, igual que un soldado prefiere la guerra a morir de aburrimiento.

Una y otra vez aparecéis en la noche y susurráis al otro lado de la puerta hasta que os abro, y una y otra vez, acudo corriendo a recibiros con una sonrisa neurótica en la cara y deciros con voz pausada:

–Bienvenidas al Hostal, mis queridas obsesiones.

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